11 de junio de 2012

La torre en la casa de la playa.




   La casa se alzaba sobre la playa, en la cima de un terraplén con una base natural de rocas. En uno de sus costados se erguía una torre de campanario de planta cuadrada que, si bien estaba en desuso como tal, servía para albergar la biblioteca. En su parte más alta, donde antaño se encontrara una enorme campana de bronce, no había nada salvo un espacio vacío que se abría hacia los lados y al que no era seguro subir, por peligro a caerse y a causa también del mal estado de conservación. Allí anidaban normalmente las gaviotas, dos o tres familias de ellas, con varios polluelos, y en pleno julio, mientras el sol aplastaba con su pesado calor los matojos de la finca que se abría en torno a la casa, y más allá de la playa, -tierra adentro, hasta donde se encontraban las ruinas y donde se cultivaban las hectáreas de viñedos y avellanos-, las gaviotas acostumbraban a llenar el aire de estridentes graznidos, desde muy temprano por la mañana, hasta la misma puesta de sol, mientras trazaban círculos en torno la casa y la torre, y sobre la playa, arrojándose al mar.

  Félix jugaba siempre a costa de aquella presencia de las gaviotas, jugaba a que las cazaba; como en una extraña selva o en una alta montaña poblada de aves gigantes; y otras veces jugaba a que las gaviotas eran terribles criaturas extrañas, como dragones que había de abatir, y entonces la casa se convertía en un castillo asolado por aquellos pájaros tornados en gigantescos reptiles alados, y Félix se escenificaba como caballero de alguna gesta antigua y olvidada en aquel paraje inventado, pero que las gaviotas ayudaban a convertir en un lugar real con su presencia y sus constantes y terribles graznidos, a los que, al cabo de un tiempo, uno acababa por acostumbrarse y terminaba echando de menos cuando se ausentaban durante prolongados períodos de tiempo.
   
   Y muchas veces, aquella última primavera antes de que Padre se marchara para siempre, le había visto a él, a Padre, parado en la playa, fumando y con los pies hundidos en el agua, donde rompen las olas, con las perneras del pantalón arremangadas hasta las rodillas, dejando que el mar y el sol bañaran sus blancas pantorrillas, y que una pequeña capa de sal se formase allí donde el mar y su piel entraban en contacto. Y le rodeaba la sombra de las gaviotas, en la hora del crepúsculo, cuando se reunían en la playa completamente libre de presencia humana (a excepción de Padre). Y a Félix le gustaba imitarle, a Padre, y pararse allí a mirar el mar. Y entonces compartían un rato así, mientras el sol se escondía hacia el otro lado del mundo, que veían en la distancia; y en ocasiones veían también a los pequeños veleros bailando entre sí, mientras sus velas infladas por el viento irradiaban los rayos anaranjados del crepúsculo, coronados de luz, en medio del mar racheado, con esas ondulaciones que se ven a veces en la superficie del mar cuando sopla el viento, pero sin llegarlo a remover con violencia ni a formar marejada; y en otros puntos se veían pequeñas manchas de calma, con la superficie llana como una sopa en el plato, y esos eran los remansos donde no soplaba viento, hasta que llegaba entonces la racha, -pues el viento soplaba desde el sur, desde el horizonte, y se metía en tierra removiendo el pelo de Padre y de Félix-, y en ocasiones un barco se acercaba a donde ellos estaban, siguiendo las corrientes de viento; y aunque Félix no podía saberlo, porque no había navegado nunca, Padre sí que era consciente de la naturalidad con la que el patrón, sosteniendo la caña del timón con una mano y el cabo de la escota mayor en la otra, se enfrentaba a los cambio de rumbo, y movía la vela y el cuerpo del barco somo si fuese una extensión más de su cuerpo, y se metía en las corrientes y las usaba en su favor con la misma normalidad con la que una persona sortea los muebles y las esquinas en un recinto que conoce a la perfección, o con la misma naturalidad con la que uno guía a su cuerpo por entre los pliegues y mangas de una camisa de siempre al vestirse por la mañana. Y cuando el velero se acercaba lo suficiente podían ver a los dos tripulantes, que ignoraban cuanto sucedía a su alrededor pues para ellos solo existía aquel mar y aquel viento, y no se acercaban lo suficiente a la costa como para percatarse de quienes les observaban; pero Padre y Félix podían ver el sombrero de mimbre del patrón y el sombrero Panamá del tripulante que llevaba el foque, y podían distinguir incluso sus rostros.

   Y entonces Padre le contaba a Félix historias sobre aquel mar, porque el mar era muy antiguo, y Félix, que siendo un niño no conocía aún las implicaciones totales de lo “antiguo” preguntaba si aquel mar era tan viejo como Padre, y más viejo que el padre de Padre, el Abuelo, que ya no estaba en ningún lugar de aquel mundo, según le habían explicado, pero que era el responsable de que tuviesen aquella casa y aquella tierra junto al mar, donde se plantaban viñedos y avellanos, y donde unas ruinas, de gente “más antigua que yo y que el abuelo”, se alzaban desde lo profundo del suelo, adivinándose columnas y mosaicos, y haciendo florecer de piezas de cerámicas rotas y vetustas monedas el terreno de labranza. Y una vez que habían estado parados junto al mar, viendo el crepúsculo y los veleros bailando entre sí, Félix le preguntó a Padre qué eran aquellas ruinas, y Padre le contó que no eran otra cosa que los restos de lugares en los que había vivido otra gente mucho antes; que eran los restos de casas, de calles, de una ciudad enterrada bajo el suelo mucho tiempo atrás, y que en otro tiempo había dominado el promontorio sobre la playa; en una época muy anterior al Abuelo, y más anterior aún a la casa y al campanario. Y Padre le contó también cosas sobre la gente que había vivido allí en otro tiempo, y de cómo habían venido montados en grandes barcos de madera, cubiertos con grandes velámenes, e impulsados a su vez con remos, desde una ciudad que se alzaba al otro lado del mar, no muy lejos de allí, y de cómo las ciudades se fueron edificando allá por donde pasaban mientras iban conquistando la Tierra entera a su paso -o al menos la Tierra que ellos conocían, porque aún no tenían forma de saber que existían muchos otros lugares, como las colonias, a donde Padre tenía que ir poco tiempo después, a librar su propia guerra- y de cómo el barco era mucho más grande que los veleros que en las estaciones cálidas se dejaban ver por la playa, bailando entre sí y persiguiendo las corrientes, tripulados por hombres con sombreros de paja y fieltro blanco que se iban poco antes de que empezara el otoño. Padre le explicó que era de antes incluso de que naciera Cristo, que colgaba de una cruz en el muro de la cocina y también en el dormitorio que Padre compartiera con Madre antes de que esta también se marchara para siempre el mismo día que Félix nació, como decía Padre, -pero que nunca debía sentirse culpable por aquello, le decía también, aunque no sería hasta muchos años más tarde que entendería todo lo que aquello involucraba, y a su propia existencia en el mundo-. Y le contó que fue, probablemente, en aquella misma playa donde por primera vez desembarcaron hombres grandes, de penachos en sus cascos, y cotas de malla y sandalias remachadas con clavos, y decía que habría sido un espectáculo digno de verse, “cuando en el mundo aún había tiempo para héroes y cuando incluso en la guerra había algo de poesía”, pero Félix no sabía bien lo que Padre podría haber querido decir con aquello, porque para Félix la poesía era una cosa que se escribía en los libros, y Félix aún no sabia leer. Y para Félix, que no tenía verdadero conocimiento de lo que era el tiempo, aquello bien podría haber pasado hacía tan solo dos tardes, dos semanas, dos vidas... no dos mil años. Pero esa era una visión que convertía aquellas historias y a aquellos hombres en cosas más reales, más cercanas, porque era aquella misma visión, aquella perspectiva bajo la torre de la casa de la playa, o a la altura de las rodillas de su padre, frente al mar, que también convertía en dragones a las gaviotas.




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