9 de febrero de 2012

Ya estaba todo inventado.

Ya estaba todo inventado cuando llegamos aquí. Nos creíamos muy originales pero solo estábamos reproduciendo un modelo que venía de antes. Resulta que leo en una biografía de Erik Satie que el tipo, cuando se obsesionó con una tal Suzanne Valandon, se dedicaba a colgar por la ventana pancartas con sus declaraciones de amor y su estado de ánimo. Es un tanto anacrónico esto, es decir, si consideramos como muy de hoy ese concepto de colgar un estado en tu muro, en plan redes sociales. Me ha gustado mucho esa idea, es como una calculadora con números romanos.

Hasta donde llevo leído, no dice nada, sin embargo, de la reacción que despertaba esto en los transeúntes parisinos, ni en la propia Valandon:
-Mira Suzanne, el histérico de tu novio ha colgado algo en su muro.
-Me gusta.

Realmente, creo que la sensación general sería de indiferencia cuando no cierta incomodidad. A la gente le importaría una mierda las obsesiones particulares de un pirado. Bueno, es que el tio va de bohemio, y hablamos del Paris de principios de siglo. Es lícito, es una ida de olla, pero con contexto. Ah.
Sin embargo, lo que pasa hoy es algo algo bastante extraño. El fenómeno del muro de Satie se ha multiplicado alarmantemente. Cuando, con el advenimiento del móvil, la gente comenzó a hablar a gritos de sus almorranas en mitad de la calle, o en el metro, no nos dimos cuenta de que no eran fenomenos aislados, sino el germen de algo muy grande. ¿Qué queremos compartir? ¿Qué necesitamos expresar? Estoy preocupado, el intercambio de información es una herramienta poderosa y muy enriquecedora, pero cuando se llena de morralla termina saturándose. La gente cuelga en sus perfiles de las redes sociales fotos en los que aparecen comiendo, besándose, cagando... y otras situaciones inusuales. Hacen declaraciones de todo tipo sin reservar nada para la intimidad. Confesamos todos nuestros gustos en ese foro abierto y público, mantenemos conversaciones que se quedan colgadas para siempre. Joder, no creo exagerar si digo que lo que está oculto ahí, en el fondo de toda esa actividad, es que a la gente le gusta que le miren. En el futuro la gente follará en público. Hay una perversión rara ahí, es una filia futurista. Eso no es saludable, y no sirve para nada, pues Satie no consiguió a Valandon a pesar de su original manera de llamar la atención.
Yo aconsejo humildemente que antes de compartir algo con la humanidad a través de estos medios, se pregúnte usted si de verdad a la gente le importa. Póngase en el lugar del otro, esa empatía es la que hará del mundo un lugar un poco mejor. Nos ahorrará mucha mierda.



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